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Minutiae

Una anecdota de mi última clase de Matemáticas de este Miércoles.

 

Normalmente no voy a clase de Matemáticas, porque la clase se trata principalmente de ver al profesor S. leer directamente las filminas, que de por sí están llenas de errores de ortografía y notación. El tipo aparentemente es un excelente econometrista pero no mucho más. Además de ello, el material es suficientemente denso cómo para ser muy difícil de digerir oralmente, especialmente cuando se transmite en un solo tono durante dos horas seguidas.

 

Sin embargo, esta vez fui porque se trataba de la última clase. Creo que muchos nos sentíamos igual, porque me dijeron que fue la primera clase llena en mucho tiempo. De cualquier manera, todos siguieron sus patrones comunes. Algunos trataban de escuchar y tomar notas, cayendo poco a poco en un estupor conforme la voz del profesor iba matando a la tarde a cucharadas de aceite. Otros, como yo, abrieron sus computadoras y se pusieron a hacer otras cosas.

 

Al final del tema, el profesor S. quiso dar un pequeño discurso de cierre, y a pesar de su generalmente pésima exposición dijo algunas cosas relevantes. Nos dijo que era claro para él y para los demás profesores que la mayoría del grupo no estaba en sus mejores ánimos, que muchos se veían deprimidos, probablemente por sus resultados mediocres, obtenidos con mucho trabajo. “Si están aquí es porque fueron excepcionales en su carrera, y naturalmente están acostumbrados a ser los mejores entre los demás. Sin embargo, obviamente al llegar aquí la concentración es muy diferente, y la distancia entre habilidades se vuelve mucho más pequeña. Son inteligentes – dense cuenta de esto.”

 

Estas tres observaciones causaron que todo el mundo pusiera atención, inclusive algunas risas nerviosas. S. prosiguió: “Traten de acordarse de por qué vinieron aquí. No vinieron a competir por calificaciones, a menos de que hayan mentido en su ensayo de aplicación. Leí muchos de ellos, y sé que todos vinieron aquí por el contenido y el material. Así que piensen en eso que les interesa, y trabajen para eso – para su tesis al final del año y para aprender de las cosas que querían aprender. No se preocupen por los resultados, porque a fin de cuentas no vinieron para eso. Quizás así no se verán tan infelices”.

 

Hubo un silencio. Todos hablamos de esto, pero la mayoría de nosotros no habíamos hablado con algún profesor al respecto. A pesar de la opinión tibia sobre este profesor en particular, había muchas caras agradecidas – evidencia de la autoridad moral que tienen los profesores en general para nosotros. Faros a través de la niebla, papás, dioses… algo por el estilo. Ese silencio fue lo más cercano a una catársis que nos iba a dar esa clase, y pronto se murió cuando alguien hizo alguna pregunta técnica del examen.

 

Creo que nos hizo bien.

 

La Tragedia y el Tiempo

Por Daniel Silveyra para Horno4

Domingo, 02 de Marzo de 2008

Es complicado. Un hombre asesinado en la calle y todo el mundo pregunta: ¿Quién fue? El tipo de la pistola. No, él y el que lo mandó matar por el dinero. Ellos dos y el cáncer de la madre que lo obligó a pedirlo prestado. El estado capitalista por hacer pagar a los enfermos. La historia por dar más a unos. Dios. La tragedia abarca el largo y ancho de la vida entera. Cómo espectadores, no tenemos tiempo. Necesitamos que nos digan qué es lo importante, y nada más. Este es el trabajo del narrador.

Todo recuento es un resumen: Al momento de escoger qué describir, uno renuncia a lo demás, prioriza. La audiencia tiene poco tiempo y aún menos atención. Los mejores escritores entienden esto y lo usan de maneras radicalmente diferentes, por qué saben, implícita o explícitamente, que la gente entiende las extensiones de tiempo de maneras distintas.

London hablaba de los mineros y exploradores americanos y su batalla contra la nieve. Dostoevsky de asesinos y apostadores. Mailer y sus boxeadores, Bukowski y su hipódromo, Hemingway y sus toreros. Y cómo lectores nos encanta no sólo por qué nos guste el desollamiento de los toros, hombres, o caballos. Nos gusta leer estos relatos por qué, detrás del glamor de sus escenas, los eventos que describen son un buen resumen del drama de la vida de todos.

En su cuento The Undefeated[i], Hemingway nos cuenta la historia de un torero recién recuperado que arriesga su vida y regresa a la plaza a pesar de la mala paga, malos ayudantes y la apatía del público. El relato funciona en gran parte por qué se trata de algo universal, aun partiendo de algo muy específico- todos podemos entender a un profesionista en decadencia que se arriesga por regresar a su posición previa. La diferencia entre este cuento y cualquiera de nuestras luchas personales no es lo que está en juego ni lo que se requiere para triunfar- es el tiempo que ocupa la lucha.

A pesar de toda nuestra civilización, nuestra naturaleza sigue orientándonos hacia el presente. Entendemos los tiempos prolongados cómo una abstracción, lo cual, en un relato, inmediatamente los priva de mucho impacto visceral. La tragedia de Madame Bovary[ii] es equiparable a la del torero de Hemingway, pero la entendemos más fríamente, con la razón, por qué se trata de una vida entera qué es trágica. Al presentarnos una situación donde la vida de un hombre se determina en minutos, podemos reaccionar emocionalmente ante un análogo de nuestras vidas, aunque estas se determinen a largo y no corto plazo.

Samuel Johnson decía que la distancia tiene el mismo efecto sobre la mente que sobre la vista[iii]: Somos animales racionales, sí, pero estamos armados para el instante y sus particularidades. Es solamente después de haber procesado emocionalmente lo que nos pasa que empezamos a ver patrones, trazar abstractos, a entender. El narrador hábil ajusta el relato a los mecanismos que nos ayudan a comprender el tiempo. Y el lector hábil comprende que la tragedia es la misma para todos, y qué todo está en las dosis, y en nuestra respuesta a ellas.


[i] Hemingway, Ernest. The First Forty-Nine: The Undefeated. Nueva York: Scribner’s, 1938.

[ii] Flaubert, Gustave. Madame Bovary. Paris: Michel Lévy Frѐres, 1857.

[iii] Boswell, James. The Life of Johnson. New Jersey: Princeton, 1917.

La Vuelta

Escrita por Daniel Silveyra el Jueves, 13 de Marzo de 2008

Subí al avión y abrí mi computadora. Tenía un correo nuevo de mi amiga Elisa, afirmándome lo puta que era, qué tanto disfrutaba el sexo con hombres, mujeres, perros. Presumía de la ignorancia de su novio (Alfonso Rodríguez) y de su jefe (Gustavo Millán) en la empresa tal y tal, de qué se acostaba con todos en la oficina. Listaba mas nombres. Cerraba el mensaje con su teléfono, y la sugerencia de que podíamos encontrarnos para que averiguase, en carne propia, qué tan puta era.

Borré ese correo cómo había borrado los demás, y comencé a trabajar. Cuando cerré la computadora, estaba sentado en una vagoneta del aeropuerto rumbo al departamento en el centro de la ciudad de México. Era cómodo estar solo en el asiento trasero, mirando por la ventana. Pasando por las calles de Santa Fe, de Polanco, pensé que no había otra ciudad en el País. Lo demás era concreto, interrumpido a ratos por unos cuantos edificios. 

El taxista me dejó en una calle de la colonia Condesa. Caminé hacia la contra-esquina, hacia un edificio de un rosa desvanecido que tenía el número que buscaba. La noche acababa de caer y había gente joven caminando en las calles, algunos con bolsas de algún súper mercado. Timbré y después de un rato abrió Félix. Subimos a dejar mi maleta y vi que Julián también había llegado. Elisa estaba en una cena de negocios y vendría después. Había pasado casi un año desde que los cuatro estuviésemos en la misma habitación.

Salimos a caminar por calles y plazas que yo no conocía. Las banquetas me sugerían algo que no podía ver, la vida de muchas personas. Algunas de ellas como yo, seguramente. Julián y Félix hablaban de sus trabajos, explicaban sus vidas en resúmenes comprimidos. Finalmente escogimos un bistro frente a un parque y nos sentamos.

Me preguntaron y respondí con lo que tenía que responder. Les resumí el trabajo, la novia, los prospectos, pensando en que el valor de la amistad caía en gran parte en no necesitar este tipo de aclimatación. No era una idea muy justa. Estábamos rodeados de otras mesas con manteles de papel, con velas, con gente joven que tenía trabajos, novias, prospectos. La luz era agradable y podía ver la cara pálida de Félix, sus miradas nerviosas hacia los lados, y la manera en que hablaba en ráfagas. Era un buen tipo.

-¿Y Elisa?, pregunté.

-Me acaba de enviar un mensaje. Dice que mejor nos alcanza allá.

-¿Y cómo va eso?

-¿Qué cosa?

-Lo de Elisa.

Hubo una pausa mientras Félix tomaba de su vino. Julián volteó a verme cómo preguntándome si sabía lo que estaba haciendo. Pensé que quizás había algo ahí todavía. Félix acabo de tomar y dio un suspiro exagerado, luego empezó a reírse. Tenía una manera de hacer las cosas que te hacía dudar al principio, pero después ya no dudabas. Todos nos reímos, sintiendo al vino tinto barato en nuestros estómagos vacíos.

-Pues, mal. El otro día nos vino a reclamar la señora que cuida al edificio por qué habían llegado varios señores preguntando por Elisa, qué por qué tenían una cita.

-¿Y eso?

-No sabemos. Creemos que los está invitando en chats de sexo o algo así. Ella dice que le han hablado tipos y que, cuando les explica, se espantan y le cuelgan.

-Qué horror. ¿Y la demanda?

-Ahí va. Están juntando pruebas todavía, y luego está la posibilidad de que él se ampare, o se salga de la Ciudad.

-Se tiene que salir del DF.

Julián se había reclinado en su silla, dejando las palmas sobre la mesa. Miraba hacia abajo negando con la cabeza. Me acordé de él en la universidad y pensé que era exactamente la misma persona. Quizás él había estado mejor armado para la “vida real”.

-Pues no quiere, dijo Félix. Pero que hueva. Ya nos odian en el edificio. La señora se nos queda viendo cada vez que entramos o salimos. Y que no se entere, por qué ahí sí nos corre.

– Pero este tipo no es peligroso, dije. Los psicópatas van con un martillo y te deshacen la cara al día siguiente de que se les ocurre. No se pasan tres meses difamándote vía internet mientras comen cereal en piyamas.

-No sabes eso, dijo Julián. No tienes idea. No por qué no lo haya hecho hasta ahora no significa que no lo vaya a hacer.

Llegó el mesero y fue dejando nuestros platos. Al oler el aroma de pesto mezclado con salsa de tomate y aceite de oliva recordé que tanta hambre tenía. Voltee a ver a Julián y lo vi lidiando con un sándwich enorme, sosteniéndolo y girándolo un poco como para ver por dónde empezar. Sonreí un poco. Lo recordaba con lentes y entre montones de papeles, recargándose en su silla con la misma expresión.

En algún momento habíamos estado los tres viendo al mar moverse desde el barandal de un crucero. Estábamos vestidos de traje y corbata sosteniendo un trago y hablando de lo que seguía. A Julián ya lo había escogido desde el verano una consultora americana, de esas que reclutan en México para sacar alumnos estrella más barato. Félix estaba jugando con la idea de trabajar en alguna secretaría en la ciudad de México, y yo ya estaba en las últimas de una serie de entrevistas. Sabíamos a gran medida como sería el futuro inmediato y eso hería un poco nuestra fantasía de recién graduados, así que hablábamos de maestrías y doctorados. Luego había llegado Elisa, vestida de verde.

Salimos del restaurante y caminamos buscando un Taxi. Julián preguntó si era seguro y yo me burlé de él aunque me preocupaba. Mientras esperábamos en la esquina de dos avenidas le pregunté a Félix que cómo había estado Elisa con todo el asunto.

-Últimamente no la veo tanto…sale bien tarde, o yo. Ósea, obviamente no está contenta…

Deje de ver al tráfico alrededor de la rotonda y voltee a verlo: Estaba mirando hacia el concreto a unos cuantos metros, con las manos metidas en las bolsas del pantalón, como si tuviese frío. Con los hombros metidos hacia su cuello Félix se veía pequeño.

-De seguro le encanta a la muy zorra, dije, y luego imité la risa típica que uno asocia con los albures, o con los hombres que se dan palmadas fuertes en la espalda con los chistes. Cuando comenzaron a reírse cambié a otro tono. Pensé en las diferencias entre ambas risas, la modulación de la voz y el apretar de la garganta. Julián vio a un Taxi y lo paró. Después de ojearlo un poco me subí a lado del chofer, y lo saludé en un tono exageradamente norteño. Mientras hablaba con el de cómo eran los Regios y de Marcelo Ebrard podía oírlos platicar en voz baja.

Bajamos en una esquina de Masaryk, y oí que alguien gritó mi apellido. Voltee y allí estaba Elisa. Tenía un vestido corto de color gris, y tacones, aunque caminaba como si usase tenis. Cuando reía no te dabas cuenta del pelo largo ni de los ojos cafés con verde- veías a las mejillas comprimirse, y oías a la voz subir de tono. Estaba feliz de vernos. No habíamos podido decirlo antes, pero todos estábamos felices de vernos.

La saludamos todos y luego seguimos hablando. Cuando Elisa preguntó “¿Cómo? Eso es todo? Esa es toda la bienvenida que me van a dar?” nos reímos en serio, y pasamos el resto del camino prometiéndole desfiles militares, un número musical, fuegos artificiales. Llegamos pronto a unas escaleras que subían al lugar y me sentí triste de tener que salir de la noche fresca, entre los monumentos y las calles silenciosas.

Era un antro. Como todos, con esa fluctuación de música pop hacia electrónica anónima hacia las solicitudes de los clientes cada vez más ebrios. Estaban todos nuestros compañeros de clases que se habían mudado a la ciudad y estuve un buen rato refinando mi currículum oralmente. Después de un par de tragos me senté frente a Elisa y Julián, sentados en un sillón esquinado. Ella estaba viendo hacia el frente y Julián estaba a su lado tratando de decirle algo, batallando con algo más que el ruido espantoso.

Volví a tratar con mi numerito. Me incliné hacia ellos y les pregunté gritando que por qué diablos no estaban hablando de mí si no me habían visto en meses. Me escucharon serios. Elisa dejo de ver mi barbilla y me dijo:

– Por qué no hay nada de qué hablar.

A la mierda. Me paré recto e hice como si me aguantara la risa mientras me volteaba hacia otra parte. Me estacioné a lado de un tipo que se iba a casar con la heredera de una fortuna millonaria, amigo de alguien, creo. Durante el transcurso de cuatro whisky-sodas progresivamente más cargados, aprendí de su escape de fin de semana en avión a Florencia, del berrinche de la novia por no poder conseguir una pizza a la mitad de la carretera a Acapulco, el regalo de veinte mil pesos que nunca se había puesto, etc. Me puso el brazo en el hombro.

-Y todo, todo, valió la pena. Es una princesa.

El reflector de la pista de baile hacía que sus entradas brillaran a ratos. Le dije algo por el estilo de “Pues sí, ¿para qué es el dinero?” y eso le encantó. Pasamos unos minutos más hablando de cómo el dinero no te lo llevabas a la tumba, intercalando las frases con solemnes sorbos de nuestro whisky. Me paré para ir al baño y me pidió mi número de celular, “para seguir en contacto”. Se lo di con una mezcla de satisfacción y remordimiento.

Subiendo unos escalones alfombrados llegué al baño, deslizándome un poco por las paredes. Julián estaba orinando y me puse a hacer lo mismo en el otro extremo de la barra de acero inoxidable.

-Güey, está loca. En serio, se está volviendo loca.

-¿Qué? Ah sí…¿Qué le pasa o qué?

-No sé, está muy sentida con todos. Me dijo Félix que llevan cómo dos semanas sin hablarse y es el único amigo que tiene en el DF.

-Pues yo no vine a aguantar berrinches. De hecho, vine a no aguantar berrinches.

Caminé al lavabo y me lavé las manos. Julián seguía parado ahí sin moverse. Le pedí a un tipo que estaba parado a lado de mí una toalla de papel, y me di cuenta que llevaba todo ese tiempo parado ahí frente al espejo. Me pasó el papel mirando hacia abajo y le dije gracias. Julián estaba caminando a la puerta y se veía aturdido, como si hubiera explotado una granada cerca de él.

Salí y estaban repartiendo shots de Tequila: Eran las 3 de la mañana y no querían que los clientes se les durmieran. Sentí el calor malo entrar por mi garganta y subir cómo si me hubiera peleado con alguien e hice esfuerzo por no vomitar nada. Pusieron Atomic de Blondie y todos estábamos bailando. Elisa estaba bailando con Julián y Félix y otras tipas, y yo estaba haciendo algo en medio de la pista de baile, rodeado de gente que no conocía. Estábamos riendo y el zapato de Elisa salió volando y le pegó a un tipo en la espalda, así que fuimos en comité diplomático y le compramos un trago. El tipo trabajaba en un banco o algo así y nos decía “Pinches Regios, Pinches Regios” y nos abrazaba.

Salimos del lugar y estaba amaneciendo. Era interesante salir y que los ojos ardieran igual afuera que adentro. Félix estaba hablando con una tipa en shorts amarillos que había estudiado con nosotros, y la abrazaba por la cintura debajo de su blusa. Ella se deslizaba sobre sus zapatos un poco cuando él lo hacía, cómo todas las mujeres bellas saben hacer. Lo esperamos un rato dándole vueltas a una columna de mármol enorme que había en la planta baja del edificio y luego le gritamos adiós. Comenzamos a caminar. Hacía frío. Volteé hacia atrás y Julián estaba tratando de cubrir a Elisa con su saco sin quitárselo.

Noté algo y les dije: Miren, ahí está el tipo del baño.

Me paré a verlo, caminando a unos cien metros en la banqueta, con una mano sobre los ojos como visor para que me alcanzaran. Grité:

-¡Hola tipo del baño! Qué bueno que pudiste salir!

Julián empezó a carcajearse en silencio y se apoyó en el vitral de una tienda. Tenía el brazo sobre Elisa y la estaba haciendo tropezar y se estaban riendo. Luego Elisa volteó sobre su hombro y empezó a caminar rápido. Me agarro del hombro y empezamos a caminar hacia la esquina. Julián todavía se estaba riendo y cuando di la vuelta apenas se estaba apurando para seguirnos. Elisa empezó a repetir en voz baja y muy agudo:

-Es él. Es Ramón. Es Ramón.

Me apretaba el brazo fuerte y su mano izquierda retorcía la tela de mi saco. Voltee para buscar a Julián y estaba dando la vuelta usando a un poste de luz como soporte.

-¡Eh! Espérenme! No sean gachos!

Me detuve y voltee a ver a Elisa. Ella intento seguir caminando y cuando sintió el jalón de mi brazo me volteo a ver y a hacer ruiditos ansiosos. Estaba pálida y volteaba a ver en la dirección de la que habíamos venido, ajustando el ángulo constantemente. Sentí el aire frío como un golpe cuando la vi y le grité a Julián que corriera para alcanzarnos. Supongo que oyó algo en mi voz por qué se enderezo y empezó a trotar, un poco ladeado al principio y luego ya normal.

Habíamos alcanzado un semáforo cuando vi al tipo girar la esquina de donde veníamos y buscarnos con la cabeza. Ahora recordaba la camisa azul de rayas que tenía puesta, y vi que tenía una mano metida en el pantalón. Pareció encontrarnos con la mirada y empezó a caminar muy rápido, girando la cadera raro hacia el lado donde tenía esa mano.

Dije “Puta madre” y empecé a correr jalando a Julián y a Elisa por los antebrazos. Esquivamos al único coche que venía en sentido contrario y nos metimos a una calzada que partía una avenida en dos. El sol salía entre las hileras de edificios. Corrimos más y al voltear a ver el tipo estaba corriendo al cruzar la calle, batallando con más carros. Sentí el aire frío en mi nariz y sentí con claridad a las ramitas que rompíamos, a las respiraciones mezcladas con gemidos de Elisa. Julián apuntó hacia una cafetería que estaba a una cuadra y todos corrimos hacia el reflejo de los árboles y el cielo ámbar en los vitrales del edificio.

Cruzamos la calle y entramos por las puertas de vidrio. Acababan de abrir y solo había unas cuantas mesas con gente vieja vestida de beige, unas cuantas meseras uniformadas y un guardia de seguridad. Elisa y Julián subieron unos escalones para pasar la caja y entrar a donde estaban las mesas. Yo fui a hablar con el guardia, un tipo canoso con pantalones manchados, y le expliqué, hablándole de usted y (me parecía) con muchísima calma, que nos venía persiguiendo un loco. Cuando cambié la palabra loco por “psicópata” empezó a escucharme y volteamos los dos por la puerta hacia la calle.

El tipo estaba parado en la calzada, cruzando la calle de donde estábamos. Tenía las dos manos en las bolsas del pantalón y estaba respirando duro, sin cerrar la boca. Era chaparro y tenía el pelo casi rapado, con mucho acné en la cara. El sol empezaba a filtrarse entre las hojas de los árboles y le caía sobre un hombro mientras veía algo muy fijamente a izquierda nuestra. Lo empecé a señalar y le dije al guardia:

“¿Ya ve? Es ese tipo. Hay que hablarle a la policía.”

El guardia volteó a verme. Tenía los ojos llenos de venas rojas pequeñísimas. Le seguí insistiendo y finalmente caminó, muy lento cada paso, hacia la una de las cajas registradoras y levantó un teléfono.  Voltee hacia la calzada, apuntando todavía, y el tipo – Ramón, se llamaba Ramón – pareció verme. Se dio la vuelta muy rápido y empezó a caminar por donde había venido. Me fui acercando a la puerta de vidrio, siguiéndolo con la mirada, hasta que volteó una esquina. Y nada. Luego un tipo vestido en pants tocó en la puerta desde afuera para que me quitara y lo dejara pasar. Casi vomité del espanto.

El guardia ya había colgado y estaba hablando en voz baja con la cajera. No lo había oído decir nada por el teléfono. Recordé que yo probablemente apestaba a alcohol, y subí los escalones sin voltear. Tenía las piernas pesadas. Caminé hacia las mesas cómo si solo me hubiera parado a comprar el periódico, y vi a Julián y Elisa sentados uno al lado del otro en una mesa. Ella tenía la cara hinchada, manchada de rímel. Había perdido un zapato en el camino. Me pregunté si era el mismo que habíamos perdido en el antro.

Me detuve frente a la mesa y le pregunté a Julián que sí lo habían visto esperando allá afuera. Me volteó a ver y asintió con la cabeza. Su cara era ancha, casi circular, con facciones simples. Les dije que ya se había ido, que había visto cómo lo apuntaba y le decía al guardia, y que habían hablado a los judiciales. Llegó la mesera y nos pregunto si íbamos a querer algo, por qué iban a necesitar la mesa en caso de que no. El guardia se estaba asomando por encima de unas plantas artificiales entre las cajas y nosotros.

Pedimos café y algo de desayunar. Elisa fue al baño a lavarse la cara y cuando regresó parecía mucho más tranquila. Pasando el dedo chico por el aro de su taza, nos contó que lo había conocido recién llegando a la ciudad, por qué trabajaba en su misma oficina. Era afeminado y nervioso y ella había entendido muy rápido que era el chiste privado de todos los analistas, qué se la pasaban fijándose en cómo se vestía y hablaba. Habían correos circulando por la oficina, re-enviados de re-envíos.

-Un día estábamos en Guadalajara por un proyecto y yo le pagué su parte del taxi por qué no tenía efectivo. Me dijo que me lo iba a pagar y nunca me lo pagó- yo ni me fijé. Y cómo un mes después, en una cena con mi jefe y otros compañeros donde no estaba Ramón, se les hizo chistoso mandarle un correo pidiéndole que me pagara los cien pesos. Al día siguiente me mandó el primero de esos…

Los carros habían empezado a pasar frente al restaurante y con ellos el sonido falso de la marea que provocan las llantas sobre el pavimento. Julián volteaba a ver al ventanal a nuestra derecha de vez en cuando, y le pedía a Elisa que repitiera lo que acababa de decir. Después de mi segunda taza de café, comencé a irritarme con las repeticiones, con que estuvieran recargados uno contra el otro, con la mirada de Julián sobre Elisa. La interrumpió otra vez:

-¿Y no le dijiste nada más antes de que te enviara el primer mail?

-¿A quién?

-A él, al Ramón ese. ¿No se volvieron a ver antes de eso?

-Pues, lo veía en la oficina. Digo, trabajábamos ahí los dos.

-Pero, ¿nada más así?

-Sí, Julián, sí, sí, nada más así…Yo no tuve la culpa de que tronara. Esto no es mi culpa. No es mi culpa. No es mi culpa.

Siguió repitiéndolo, primero gritando y luego más callada, con la cabeza abajo, cuando empezaron los sollozos. Julián trató de abrazarla así como estaba, con la cabeza entre los brazos, los codos contra la mesa. Ella lo sintió y movió los brazos en un espasmo. Julián deslizó su silla para distanciarse. Todos estábamos tratando de no voltear a ver a nadie.

Pensé en el tipo del dinero y su novia millonaria. Pensé en Félix fracasando con la tipa de los shorts amarillos, pálido en la mañana. Pensé en Julián trabajando en inglés en su oficina todos los días, todos mis días. Pensé en el tipo de la camisa azul corriendo y su mano sudando dentro del pantalón, sosteniendo algo, o todo, o nada. Pensé en las olas que hacía el crucero hace un año mientras veíamos a la luna sobre el desierto de mar, mientras le dábamos la vuelta. Pensé en todas esas cosas mientras miraba a Elisa, con sus ojos cafés y verdes viendo hacia fuera, y le pregunté:

-¿Y eso que importa?